¿Por qué esa necesidad de traducir el sentimiento en palabras? Porque lo que se dice pesa más que lo que se hace. Tan sencillo y rebuscado a la vez. Existe una concepción 2.0 que nos conduce a la inexorable tarea de tener que hacer sintaxis de lo que nos pasa con el otro, volvernos adictos a la lingüística sin prescripción médica rindiéndole culto a “Santa Retórica”. Una deidad postmoderna que pelea cabeza a cabeza en popularidad con los añejos Cayetano y Expedito.
A mi que el decir me es más sencillo que regar las plantas me viene estupendo, sin embargo, cuando el contexto te presiona uno se acobarda. Todo aquello de lo que siempre hice alarde hoy reposa en lo más oscuro del entramado de órganos, aparatos y huesos constituyentes de mi organismo. Porque ya no lo encuentro atractivo. Principalmente por el desgaste que se viene produciendo. Hoy decir “te quiero”, “te amo”, “te extraño”, “te necesito” es más común que el “buenos días”, “mucho gusto”, “por favor” y “gracias”.
Me irrita la facilidad que tiene la gente de decir cualquier cosa sin saber su real significado. No hay nada más obsceno que eso. Son terroristas del lenguaje, sicarios de la era de las (in)comunicaciones, ladrones del sentido, ingratos y obsecuentes. ¡Basta de abusar de las palabras! Las quiero devuelta, y las quiero ya.
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